Un cuello de botella se resuelve quitándole trabajo, no pidiéndole que vaya más rápido.
Hay tres palancas y conviene usarlas en este orden, que es el inverso al que se usa normalmente.
Quitar de ahí lo que no tiene que pasar por ahí. Una parte de lo que llega a ese punto no lo necesita: llega por costumbre. Filtrar antes no hay que pagarlo, hay que decidirlo. Y suele liberar más capacidad que contratar. Contratar además mueve el listón, y cuánto sube tu suelo con cada incorporación se puede calcular antes de firmar el contrato.
Escribir el criterio. Es la palanca que resuelve el caso del dueño y la que más se aplaza. No hace falta un manual: hace falta la frase que permite a otro decidir sin preguntar. Por debajo de este importe, se aprueba. Con estas tres condiciones, se acepta el proyecto. Lo que no está escrito vuelve siempre a la misma mesa.
Ampliar la capacidad del punto. Contratar, formar, comprar herramienta. Es la tercera porque es la más cara, y porque aplicada sobre un paso que sigue recibiendo trabajo que no le toca solo compra tiempo. Es, además, la que casi todo el mundo prueba primero.
Cuál de las tres toca depende de dónde esté el cuello y de qué lo cause, y eso se mira antes de mover nada: es el trabajo que hace un diagnóstico empresarial.
Un cuello de botella no solo retrasa entregas: encarece cada pedido que pasa por él, y ese sobrecoste acaba en la cuenta de resultados. Si facturas más y el beneficio no te sigue, mide tu margen neto y localiza el escalón donde se pierde.